9 de agosto de 2004

contemplación

El otro día vi una cosa. En mi cabeza, en esa masa que se hace llamar cerebro. Mi own private multimedia cinema, in my head. Estaba sentado, wachando los alrededores de mi entorno. Una casa, otra, de varios colores, azul celeste, blancas, amarillas, de madera, de dos pisos por lo regular, después una mujer sacudiendo una alfombra de bienvenida o de baño quizá de pasillo. El aire era templado y las aves chillaban, otras silbaban. Resaltó una pequeña cerca, blanca, de madera, con picos, baja. Seguí wachando mi alrededor, más casas y pensé ¿qué es lo que hace a una comunidad? ¿qué es lo que hace a un vecino? ¿Las casas? ¿Los vecinos? ¿Las memorias colectivas de la comunidad? Me gustó la sensación de pensarlo, de que las preguntas hubieren pasado por mi mente. La sensasión es deliciosa, agradable, no porque lo pensado, visto, en un sólo momento, el pensamiento de la realización de haber pensado algo que hacía mucho no pensaba o quizá fue la primera vez, hubiere sido algo revolucionario, sino porque en el instante ese participé en la vida de mi medio ambiente y la sensación de haberlo vivido me dio un deleite de satisfacción, sentí el proceso de pensarlo y me dejó un buen sabor en la boca. El sol brillaba de lleno y los cúmulos pasaban por esa tarde sin mucha prisa y en mi asiento, en la banca cuyos mejores días quedaron atrrás en un tiempo lejano, un tiempo que deja rastros tras de sí, en la madera vieja, deteriorada por los elementos naturales, miraba yo el paso de todo esto feliz, alegre, de haberlo observado, formulado en una sincronía de emociones, pensamientos e introspección.

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