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20 de enero de 2004



La vida cotidiana tiene sus fundamentos en el otro lado, opuesto de lo inusual. Para más de las personas, este mundo de la rutina nos llena la vida de cosas monótonas y hay veces que los huecos que la soledad crea son llenados por sentimientos que más de las veces llamamos inspiración, musas, estados alterados y cosas así por el estilo. Por eso, la madre de las invenciones surge a través de lo cotidiano. No tenemos ni la gracia de darle a esa cruda realidad (el cerebro aburrido de la compañia de su dueño) el crédito que merece por sacarnos de ese pantano llamado ensimismamiento. Aludimos cualquier momento de genialidad a poderes ultranormales. La cosa es más sencilla delo que se cree, al no tener nada que hacer mas que escuchar el tripeo del ego el cerebro se aleja de nosotros, nosotros, quienes nos creemos los grandes dioses, hechos a semejanza de Dios, se aburre. Nosotros no tenemos a ningún lado a donde ir pero el cerebro sí, es toda una fabrica de montajes, un taller dispuesto a construir y desconstruir. El cerebro se va al Génesis, hurga entre sus genes ideas de otros, sus antepasados. El cerebro no quiere estar con nosotros y se larga al momento de realizar que se ha quedado sólo con el ego, se pone a componer y deja al cuerpo en estado total de abandonamiento. La musa no es mas que un momento de soledad, de aburrimiento que causa sufiente distracción para que el cerebro tome control de si mismo, para hacer lo que más le gusta hacer: largarse del ego que por más de las veces se la pasa quejandose de si mismo.

Como no podemos admitir que una cosa tan simple como las neuronas de nuestro cerebro son capaces de hacer las cosas que hacemos bajo el total dominio del cerebelo atribuyimos estos dotes a deidades suprainteligentes porque así dice la vida hemos de comportarnos, queremos ser los elegidos, queremos ser la mano derecha de dios. Queremos ser más allá de los demás, pero el cerebro es más simple, más normal, cotidiano pues. Traidores a nosotros mismos.