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21 de noviembre de 2007

Considero que lo que voy a escribir no le hará justicia al verdadero sentimiento que cundió por el momento de su incepción, aun así lo haré. Sentía la boca seca y mis cachetes arder un tanto, eran las 7 de la mañana y salía de casa al trabajo. De reciente para acá tomó todos los días, tres, cuatro cervezas y unos traguitos de whisky mientras termino los labores del día o me siento, como se ha venido haciendo rutina también enfrente de la computadora para entretener la vista. El aire gélido repegó en mis mejillas refrescandolas del calor de la resaca rutinaria y me sentí fresco, un nuevo amanecer, vi la nieve y la capa de hielo que le cubría, mantel sin duda de las temperaturas bajas de la noche anterior. La diferencia entre nieve fresca es que es más manejable, se puede hacer con ella, esta cruje bajo mis pies. Me dejo abrazar por lo helado y me desabrocho la chamarra de piel que por perder unos kilitos los últimos meses atrás me queda un tanto grande ya.

Un nuevo amanecer, siempre he sido afín a los nuevos amaneceres, de hecho es lo único que me ha salvado de un vicio maligno ya que aborrezco amanecer sin poder sentir la mañana en mi. El principio es esencial. Los bosques al fondo dejaban entrever los pinos cuya presencia desvanece durante presencia del abedul en plena flor. Hoy está desnudo el abedul y los demás, se dejan ver los verdaderos dueños de la naturaleza por estos lares, los pinos cuya silueta domina el horizonte. Hay un tanto de vapor, estará templado el clima. Las nubes no dejan pasar los rayos del astro mayor. Mi proceder a la parada del autobús es brutalmente detenida, mi vista recae en otras personas que aguardan la llegada del autobus, nadie habla, una sonrisa, algunos estudiantes tiemblan de frío y mi vista recae de nuevo en el abedul que suelo fijar mi vista para despejar los minutos que se avecinan, sin hablar, sin converdar más que mis pensamientos estos.





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