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8 de noviembre de 2005

7 minificciones suecas en siete días: parte II

Suecia, en algún rincón desconocido para ti, lector.

Erika es güera, de ojos azules y piel extramedamente blanca, ghost, me dice con su sonrisa. Chapis diría. A ella la conocí inusualmente. Como es inusual platicar con alguien en la burra. La burra lleva silencio, no pasajeros, tras años se acostumbra uno, se torna uno como una ventana más, un ser cuyos ojos vislumbran lo que pasa, así iba yo, pensando en Tijuana, con ganas de cruzar la calle tercera,, diagonalmente, off course.

Se sentó a mi lado, su mirada me socavó. Reconoció el secreto que cargamos todos los hispanos que nos encontramos en el extranjero: este habla español, la mirada de la fratría es inequívoca, ¡Hola! Pero ella me miró exactamente tres segundos de más, aún no aprendía el elapso temporal que dictan ese tipo de miradas. So mi impulso fue casi automático: ya me inclinaba a besarla. El calor de su cuerpo, sus hormonas y Ck1 me calentarón de más. Era bonita.

Pocas veces me ha pasado así, que una miraba bastase para un beso, me ha sucedido, contadas veces, me sobran dedos en la mano para ello.

Con un poco de tiempo supe algo de ella, como no, sí a eso iba el rollo, conocerse.

A pesar de lo rubio de su ser era una immigrante igual que yo, pero ella tenía la gracia de ser un immigrante de hace 400 años atrás, por alguna razón esperaba que me dijiera las horas, los meses también, de su ciudadania ius soli.

Mis padres emigrarón de Valonia, dijo en un español con la r bien pronunciada. Llegaron a Småland con el fin de establecer la industria de objetos de vidrio. Sí.

¿Hablas español verdad? Así rompió la mirada atónita de mi cara, sí, claro.

Platicamos mientrás las calles recorrían su curso por las ventanas de la burra. Sacó una birria, Spendrups, Smålandsöl, platicamos más. Ibamos risa y risa atrayendo la atención de los demás pasajeros que con sus movimientos corporales nos amonestaban el despliegue inapropiado. 3 in the afternoon.

Dos días después nos reunimos otra vez. Quería sexo, quería no querer sexo, quería querer no querer. Nunca he logrado aprender tener amistades nada más porque sí.

No sé leer a las otras personas, ignoraba sus intenciones.

Tómamos kaffé. Mas ella se fue, así como llego. Quedé sólo en el café. No sabía como explicar su comportamiento. Quizá olío mis hormonas, quizá me vio el lunar equivocado, quizá I was a little urban toy.

Al caminar las banquetas de Estocolmo, la gente de repente se amontonaba, tenía mucho sin sentir el golpe de las masas, el anónimato de la gente. Hoy lo palpié. En mis oidos se escuchaban los Hives, hate to say i told you so.


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