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22 de enero de 2004

Para mi detrimento no se canalizar mi coraje muy bien que digamos, y mucho menos sé como mostrarlo sin esa caracteristica machista del hombre de que todo lo resolvemos con violencia. Sólo sé que si alguién me puntializa mis desaciertos se prenden en mi lumbres incredulas en el cuerpo y las ventanas del alma sueltan chispas de soldador cegadoras que me encandilan por unos minutos. Mi ira es tan viva que cuando más necesito de una sana cordura y postura de acero mi contricante abusa de mi debilidad al mostrarme su faceta resplandeciente, luciendo su aura de la verdad enfrente de mi.

Lo peor, me pongo a negar la palpitante y obvia verdad enfrente de mi, mi mejor defensa, según yo, es no ceder por muy erroneo que este. Mi estrategia inútil me ha conllevado a tener más problemas que soluciones y hacer enemigos sin el mayor esfuerzo que ignorarlos completamente. Me enardece el orgullo y odio estar equivocado, por eso mi descontento no tiene límites, y más cuando me hacen ver mis errores. Lo equiparo con un ¡mira idiota, tus pinches pendejadas estupido! pero diplomaticamente, de dónde ha surgido este comportamiento no lo sé pero sé que lleva rato conmigo.

No sé como ver que estoy equivocado porque según yo, lo que haga, por muy superficial que sea, tiene merito. Lo pesimo es tener que escuharme después del arguende arguyendo los meritos del contricante, digerirlos y llegar a la conclusión de la verdad que antes estuvo delante de mi. Este aspecto de este proceso vílico no tiene próposito más allá de terminar en dejarme en vergüenza pues me hace caer en cuenta que me hace comportarme como un idiota.

Quizá el único próposito de este mal es que el superyó toma las riendas de la realidad, por un momento la pasión de lo que yo me creo se enciende al rojo vivo y la razón de ese superyó no cumple realmente su función pues si ha deprotegerme termino totalmente ridiculizado. Aquí la humildad me me ha dado a veces muy buenos reditos en terminos de conocimientos pues tras el error aprende uno y hasta en veces el proceso sólo ocurre si tan sólo dentro de mi. Muy pocos veces he desplayado públicamente esto y la mayoria de las veces es si tan sólo un subibajas de emociones internas, mi diplomacia, por muy cruda que sea, termina convenciendome que tomar las cosas con calma es mejor que una tormenta de vituperios.